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Cambios generacionales en resolución de conflictos

Resumen

Este artículo analiza las transformaciones y continuidades generacionales en las formas de afrontar los conflictos en Colombia. A partir del diálogo entre fuentes secundarias sobre generaciones, relaciones sociales y transformación de conflictos, y fuentes primarias que recogen experiencias de personas que vivieron directamente la violencia y de quienes posteriormente heredaron sus memorias, se examina cómo las condiciones históricas influyen en las maneras de comprender y enfrentar los conflictos. El análisis de la trayectoria de Ana Carolina Bohórquez muestra cómo la educación, la organización comunitaria y la participación política pueden ampliar las posibilidades de acción y transformar las formas de relacionarse con la autoridad y la defensa de los derechos. A su vez, los relatos de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad permiten observar otras formas de afrontar las consecuencias de la violencia, vinculadas con la búsqueda de verdad, el reconocimiento, el perdón, el encuentro y la reconstrucción de vínculos. Desde la perspectiva de Lederach, el artículo sostiene que la transformación de los conflictos trasciende la resolución de disputas inmediatas y requiere considerar las dimensiones personal, relacional, estructural y cultural. En este sentido, las diferencias entre generaciones no implican necesariamente la sustitución de unas formas de afrontar los conflictos por otras, sino procesos en los que conviven aprendizajes, permanencias y transformaciones. El artículo concluye que la construcción de paz requiere tanto la capacidad de las personas y comunidades para desarrollar nuevas formas de relacionamiento como la transformación de las instituciones y condiciones que permiten la reproducción de la violencia.

Palabras clave: Generaciones; conflicto armado; transformación de conflictos; memoria; participación política; construcción de paz; Colombia.

Abstract

This article analyzes generational transformations and continuities in the ways conflicts are addressed in Colombia. Drawing on secondary sources on generations, social relationships, and conflict transformation, as well as primary sources documenting the experiences of people who directly experienced violence and those who subsequently inherited their memories, the article examines how historical conditions shape the ways conflicts are understood and addressed. The analysis of Ana Carolina Bohórquez’s life trajectory shows how education, community organization, and political participation can expand possibilities for action and transform relationships with authority and the defense of rights. In turn, testimonies collected by the Commission for the Clarification of Truth make it possible to identify other ways of dealing with the consequences of violence, including the pursuit of truth, recognition, forgiveness, encounter, and the reconstruction of relationships. From Lederach’s perspective, the article argues that conflict transformation goes beyond the resolution of immediate disputes and requires consideration of personal, relational, structural, and cultural dimensions. In this regard, generational differences do not necessarily imply the replacement of one way of addressing conflict by another, but rather processes in which learning, continuities, and transformations coexist. The article concludes that peacebuilding requires both the capacity of individuals and communities to develop new forms of relationship and the transformation of institutions and conditions that enable the reproduction of violence.

Keywords: Generations; armed conflict; conflict transformation; memory; political participation; peacebuilding; Colombia.

Introducción

Históricamente, pensadores, grupos sociales y las personas en su cotidianidad han cuestionado los cambios entre generaciones: si la ética y la moral se transforman, si unas generaciones son más correctas que otras o si a algunas las guía más la autoridad y a otras la libertad. Estas diferencias pueden adquirir un carácter generacional, pero no necesariamente se explican por la edad. Detrás de ellas hay un proceso más amplio: las personas aprenden a relacionarse dentro de sociedades que también cambian. Una generación, por tanto, no se define únicamente por el año en que nació. Las experiencias históricas que atraviesa, las formas de autoridad que conoce, las instituciones que tiene a su alcance y los acontecimientos que marcan su vida contribuyen a construir maneras particulares de comprender el mundo (Díaz-Sarmiento et al., 2017). Desde esta perspectiva, estudiar las generaciones implica observar también las transformaciones sociales que tienen lugar entre ellas y las formas en que estas son experimentadas, apropiadas y transmitidas.

En sociedades atravesadas por conflictos prolongados, como Colombia, esta cuestión adquiere una dimensión particular. Frente a una historia marcada por la violencia, resulta inevitable preguntarse: ¿qué podría hacerse diferente para evitar que esta se reproduzca?, ¿qué responsabilidad tienen en ello las nuevas y las anteriores generaciones? Antes de responder estas preguntas, sin embargo, es necesario formular una cuestión más amplia: ¿las nuevas generaciones enfrentan los conflictos de una manera diferente a quienes las precedieron? Quienes vivieron directamente la violencia tuvieron que encontrar formas de sobrevivir, resistir, organizarse y proteger a sus comunidades. Algunas de estas experiencias estuvieron vinculadas con la participación política y comunitaria, la creación de espacios educativos y la construcción de redes de solidaridad; otras encontraron en el arte y en distintas formas de expresión una manera de responder a la violencia. Pero la historia no termina con quienes vivieron esos acontecimientos. Las generaciones posteriores han recibido parte de ese pasado a través de las historias familiares, los silencios, las memorias y las experiencias de sus comunidades y, al recibirlo, también han comenzado a otorgarle nuevos significados.

Este artículo parte precisamente de esa tensión entre lo que una generación recibe y lo que decide hacer con esa herencia. Más que establecer una oposición entre generaciones “violentas” y generaciones “dialogantes”, propone observar cómo las sociedades amplían y transforman los recursos con los que afrontan sus conflictos. La violencia, la organización comunitaria, la participación política, el arte, la memoria y el diálogo no son prácticas que pertenezcan exclusivamente a una generación u otra; forman parte de un proceso histórico en el que algunas formas permanecen, otras se transforman y aparecen nuevas posibilidades para relacionarse con el conflicto. Así, mirar las diferencias generacionales permite preguntarnos no solamente cómo cambia la manera de enfrentar un conflicto, sino también qué ha cambiado en la sociedad para que esas nuevas maneras sean posibles.

Para desarrollar esta reflexión, el artículo pone en diálogo fuentes secundarias sobre las transformaciones históricas de las generaciones, las relaciones sociales y las formas de afrontar los conflictos, con fuentes primarias que permiten acercarse a las experiencias de quienes vivieron directamente la violencia y de quienes posteriormente heredaron sus memorias. A partir de este contraste, se busca identificar continuidades y transformaciones en las formas de afrontar el conflicto en Colombia, prestando especial atención a aquello que cada generación recibe, transforma y transmite a la siguiente.

Herencias, cambios y continuidades

La forma en que cada generación afronta los conflictos puede comprenderse mejor cuando se reconstruyen las circunstancias históricas en las que sus integrantes crecieron. No se trata únicamente de identificar qué hicieron frente a un conflicto, sino de observar qué aprendieron, qué posibilidades encontraron a su alcance y qué condiciones sociales influyeron en sus decisiones. La historia de Ana Carolina Bohórquez permite acercarse a esta relación entre experiencia, contexto y formas de actuar.

Nacida en una familia rural en condiciones económicas y familiares difíciles, Ana creció con un padre ausente, asesinado mientras le robaban mercancía, y una madre soltera que debía hacerse cargo de varios hijos. Como hija mayor, asumió responsabilidades desde temprana edad y fue educada para dedicarse principalmente a las labores del hogar. Estas circunstancias marcaron sus primeros años y, con ellos, las formas de autoridad y de comportamiento que aprendió dentro de su entorno familiar:

Entonces yo lloraba mucho en las noches porque me acordaba de cómo había visto a mi papá muerto, de cómo lo habían enterrado. Todas esas situaciones me llegaban a la mente, de noche siempre me ponía a pensar mucho en ellos. No es como los muchachos de hoy en día, porque uno era todo calmado que si le decían no haga esto, pues uno nunca se atrevía a hacerlo porque sentía miedo de hacerlo, yo nunca me atreví a irme de la casa de mi madrina, porque era un problema. (Penagos Concha, 2016, p. 21)

El testimonio permite observar una relación con la autoridad marcada por la obediencia y el temor. Sin embargo, más que interpretar esta experiencia como una característica general de las familias de su época, resulta pertinente detenerse en lo que revela sobre la posición que ocupaba la infancia dentro de esas relaciones. Ana recuerda que cuestionar una decisión adulta no era una posibilidad contemplada, la autoridad establecía los límites de lo permitido y el temor a sus consecuencias reforzaba la obediencia.

La infancia de Ana estuvo además atravesada por limitaciones materiales que restringían otras posibilidades. La necesidad de trabajar desde temprana edad, las responsabilidades familiares y las dificultades para acceder a la educación hicieron que su aprendizaje ocurriera principalmente dentro de la vida cotidiana. Más adelante, sin embargo, la lectura se convirtió en una herramienta que amplió sus posibilidades de comprender y participar en su entorno. Este cambio resulta significativo porque muestra que las formas de aprendizaje y de relación con la autoridad no permanecen necesariamente iguales durante toda la vida, también pueden modificarse cuando aparecen nuevas experiencias, conocimientos y espacios de participación.

El traslado al Caquetá marcó otro momento decisivo. Ana llegó con sus hijos para dedicarse al cultivo de yuca y plátano y se encontró con un territorio caracterizado por dificultades de acceso a servicios básicos, una débil presencia estatal y una intensa actividad política y comunitaria. En este contexto, la organización colectiva adquirió un papel central. Ante la distancia que separaba a la comunidad de los centros educativos, participó en la creación de una escuela; posteriormente se vinculó a espacios políticos y comenzó a desarrollar actividades de formación con otras mujeres. La experiencia rural, por tanto, no solo la enfrentó a nuevas formas de conflictividad, sino que también le permitió encontrar herramientas para intervenir sobre las condiciones de su comunidad.

Su participación política se relacionó además con una transformación en la manera de comprender el papel de las mujeres dentro de la comunidad. Ana recuerda:

En el PC, antes de la UP, a mí me tocaba lo de mujeres en la dirección de zona y en la regional, pero en la dirección de radio siempre me tocaban las finanzas. Nosotros con las mujeres creamos muchos comités veredales en donde se dictaban charlas y yo estudiaba y leía mucho porque para los temas primero me empapaba bien. Se dictaban muchas charlas en donde les hacíamos ver a las compañeras lo importante que era que nosotras participáramos, que nosotras éramos capaces de hacer muchas cosas, creamos comités en todas las veredas, en ese entonces existía la Unión de Mujeres Demócratas de Colombia y tenía una seccional en Florencia. En esos comités hablábamos de los derechos de las mujeres, porque a nosotros15 nos habían dado muchas inducciones en las escuelas sobre el trabajo con la mujer, para que nosotras aprendiéramos a defender nuestros derechos, a pelearnos. Además, en ese tiempo se creó una confusión porque las mujeres creían que era ponernos a pelear con nuestros compañeros por unos derechos que teníamos que peleárselos directamente al gobierno, pero eso lo fuimos aclarando y llegamos a que las mujeres entendieran que nosotras éramos capaces de hacer muchas cosas y que teníamos que defender los derechos que nos pertenecían. (Penagos Concha, 2016, p. 28)

La distancia entre ambos momentos de su vida resulta significativa. La niña que había aprendido a no cuestionar las decisiones de los adultos se convirtió posteriormente en una mujer que promovía la participación de otras mujeres y las animaba a reconocer su capacidad para defender sus derechos. Esta transformación no ocurrió de manera aislada, estuvo relacionada con el acceso a la educación política, su vinculación con organizaciones sociales y políticas y las experiencias colectivas que encontró en el territorio.

En este punto, la historia de Ana permite observar cómo las herramientas para relacionarse con la autoridad también pueden aprenderse y transformarse. La participación política le proporcionó espacios que no había tenido durante su infancia: leer, discutir, organizarse, hablar frente a otras personas y tomar decisiones colectivas. La autoridad dejó de aparecer únicamente como algo que debía obedecerse y comenzó a convertirse en algo que podía ser cuestionado, negociado e incluso disputado cuando entraba en conflicto con los derechos de la comunidad.

Esta transformación adquiere una dimensión todavía mayor cuando Ana asumió responsabilidades políticas en la Unión Patriótica y posteriormente llegó a la Alcaldía de La Montañita, Caquetá. Su trayectoria pasó de la experiencia de una niña que debía ajustarse a las decisiones de los adultos a la de una mujer que ocupaba un lugar de representación y participaba en decisiones que afectaban a su comunidad. Sin embargo, ese proceso también estuvo acompañado de amenazas, persecuciones y estigmatización, lo que demuestra que ampliar los espacios de participación no significaba que las relaciones de poder hubieran desaparecido.

La historia de Ana muestra, entonces, que aprender a enfrentar los conflictos también implica aprender qué puede cuestionarse, ante quién puede hacerse y qué herramientas existen para hacerlo. Su experiencia permite seguir el tránsito entre una infancia marcada por la obediencia y una vida adulta en la que la organización, la educación y la participación política se convirtieron en instrumentos para intervenir sobre las condiciones de su entorno. Más que una ruptura absoluta con lo aprendido, su trayectoria revela un proceso en el que nuevas experiencias fueron modificando el significado que tenían para ella la autoridad, la participación y la defensa de los derechos.

Del conflicto al encuentro

Los conflictos no terminan necesariamente cuando cesa la violencia. Sus efectos pueden permanecer en las relaciones, en las formas de interpretar al otro y en las posibilidades de encuentro entre quienes ocuparon posiciones enfrentadas. Desde la perspectiva de Lederach (2009), transformar un conflicto implica precisamente intervenir en esas relaciones y en las dinámicas que las sostienen, más allá de la resolución de la disputa inmediata. Los relatos recogidos por la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad permiten observar esta dimensión de la transformación: personas marcadas por experiencias de violencia encuentran, de maneras diferentes, caminos para relacionarse con lo sucedido y con quienes hicieron parte de su historia.

Uno de estos procesos puede observarse en el relato de una mujer cuya madre fue asesinada por un grupo paramilitar. Durante años, su respuesta estuvo marcada por la búsqueda de justicia y por la confrontación directa con quien reconoció haber cometido el asesinato. Su insistencia en asistir a las audiencias de Justicia y Paz, portar la fotografía de su madre y confrontar públicamente al victimario expresa una forma de resistencia que inicialmente se construye desde la denuncia y la exigencia de reconocimiento.

Sin embargo, el proceso no termina en la confrontación. Después de años de resentimiento, la narradora reconoce que llegó a sentirse “prisionera del odio, del rencor, del resentimiento” y que incluso había pensado en hacer justicia por sus propias manos (Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición [CEV], 2022a, p. 472). Lo que aparece entonces es una transformación en el plano personal: la experiencia de la violencia había modificado su manera de relacionarse con el otro y consigo misma, pero posteriormente el proceso de enfermedad, la espiritualidad y el acompañamiento que recibió contribuyeron a modificar esa posición. Como plantea Lederach (2009), la transformación de los conflictos también implica cambios en las emociones, las percepciones y las formas en que las personas comprenden su propia experiencia.

El perdón, en este relato, no aparece como el resultado inmediato de una decisión ni como la negación del daño sufrido. Por el contrario, se produce después de un largo proceso en el que la búsqueda de verdad conserva un lugar central. La propia narradora afirma que para ella es fundamental que los responsables continúen esclareciendo lo ocurrido, porque “es una verdad que nos pertenece; que es nuestra, no de ellos” (CEV, 2022a, p. 472). Así, verdad y perdón no aparecen como procesos opuestos, el reconocimiento de lo sucedido constituye, para ella, una condición para avanzar hacia una forma diferente de relacionarse con aquello que ocurrió. Esta experiencia permite comprender la transformación no como la desaparición del conflicto, sino como la posibilidad de modificar las relaciones y respuestas que quedaron atrapadas en él (Lederach, 2009).

En otro relato de la misma obra aparece una forma distinta de transformar las consecuencias de la guerra. Allí, el encuentro con antiguos integrantes de las FARC se produce a través de la Expedición Bio, una experiencia que reunió durante varios días a excombatientes, campesinos, habitantes urbanos, integrantes de juntas de acción comunal, estudiantes y personas de diferentes condiciones sociales. Las aves funcionaron como un punto de encuentro que permitió que personas que difícilmente habrían coincidido en otros espacios compartieran actividades, conversaciones y experiencias.

Lo significativo de esta experiencia es que el acercamiento no se plantea a partir de la eliminación de las diferencias, sino de la posibilidad de relacionarse a pesar de ellas. La narradora describe cómo personas que habían estado separadas por la guerra pudieron sentarse a conversar sobre sus vidas y sobre las razones que llevaron a algunos a incorporarse a la guerrilla. En palabras del relato, la expedición permitió reunir “esas Colombias que no se juntan” (CEV, 2022a, p. 473).

Esta experiencia permite llevar la propuesta de Lederach (2009) hacia una dimensión relacional y cultural. Si las relaciones constituyen el entramado en el que se desarrolla el conflicto, generar espacios de interacción entre personas que antes se encontraban separadas por la violencia puede contribuir a modificar ese entramado. La transformación, en este caso, no ocurre mediante la resolución de una disputa puntual, sino mediante la creación de nuevas experiencias de convivencia, cooperación y reconocimiento.

Hay un momento particularmente revelador del relato. La narradora cuenta que visita a una mujer que había pertenecido a la guerrilla y que era menor de edad cuando ella fue secuestrada. Que ambas puedan encontrarse en un espacio cotidiano, conversar y compartir un café adquiere para ella un significado que va más allá del encuentro individual: “Que el que se supone que te debiera odiar con todas sus fuerzas, venga y te visite y esté interesado en cómo te trata el Acuerdo, cómo te trata la vida, qué estás haciendo… Eso es mucho mejor que el momento en el que estábamos antes” (CEV, 2022a, p. 473).

La escena muestra que la transformación también puede producirse en pequeños espacios de interacción cotidiana. No se trata de olvidar lo ocurrido ni de desconocer las responsabilidades, sino de generar condiciones para que las identidades construidas alrededor de la guerra no sean las únicas posibles. Esto coincide con la dimensión cultural planteada por Lederach (2009): transformar un conflicto supone también modificar narrativas, prácticas y formas de relacionamiento que han contribuido a sostener la confrontación.

En este sentido, ambos relatos muestran que afrontar las consecuencias del conflicto puede implicar mucho más que sobrevivir a la violencia o buscar una solución institucional. En el primero, la verdad permite avanzar desde la confrontación y el resentimiento hacia una reconstrucción personal y relacional; en el segundo, el encuentro cotidiano permite producir nuevas formas de reconocimiento entre personas que antes se encontraban en posiciones antagónicas. Son caminos diferentes, pero ambos muestran que la transformación puede comenzar cuando las relaciones dejan de estar determinadas exclusivamente por la lógica que produjo la violencia.

Esta perspectiva resulta especialmente significativa cuando se observa cómo las experiencias del conflicto se transmiten y se resignifican con el paso del tiempo. Rojas-Granada y Vallejo-Jiménez (2025) plantean que las generaciones posteriores no deben entenderse como receptoras pasivas de las memorias heredadas, sino como sujetos capaces de producir nuevos sentidos a través de procesos narrativos y dialógicos. En esa medida, la memoria no consiste únicamente en conservar aquello que ocurrió, también puede convertirse en un espacio desde el cual las nuevas generaciones interpretan el pasado y construyen otras maneras de relacionarse con él.

Conclusiones

Preguntarse si las nuevas generaciones enfrentan los conflictos de una manera diferente a quienes las precedieron no conduce necesariamente a encontrar una ruptura entre unas y otras. Los relatos analizados muestran algo más complejo: las formas de afrontar los conflictos están condicionadas por las estructuras, relaciones e instituciones disponibles en cada momento histórico, pero también pueden modificarse cuando las personas encuentran nuevas herramientas para comprenderlos y actuar sobre ellos (Lederach, 2009). Más que hablar de generaciones que sustituyen unas formas de resolución por otras, resulta pertinente observar procesos acumulativos en los que determinadas prácticas permanecen mientras otras se transforman.

La historia de Ana Carolina Bohórquez permite observar uno de estos procesos. Su experiencia muestra cómo las posibilidades de participación pueden ampliarse a lo largo de la vida a partir de nuevas experiencias, conocimientos y espacios colectivos. La educación política, la organización comunitaria y su participación en escenarios políticos modificaron progresivamente su relación con la autoridad y con su capacidad de intervenir en las decisiones de su entorno. De esta manera, su trayectoria no representa una ruptura absoluta con lo aprendido durante la infancia, sino la incorporación de nuevas herramientas que modificaron el significado que tenían para ella la autoridad, la participación y la defensa de los derechos.

Los relatos de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad permiten ampliar esta mirada al mostrar otras maneras de relacionarse con las consecuencias de la violencia. En ellos aparecen experiencias atravesadas por la búsqueda de verdad, el reconocimiento, el perdón, el encuentro y la reconstrucción de vínculos. Estas respuestas no implican desconocer el daño ni restar importancia a las responsabilidades derivadas de la violencia; muestran, más bien, que después de una experiencia de confrontación pueden construirse nuevas formas de relación con lo ocurrido y con quienes hicieron parte de esa historia.

La transformación no consiste, entonces, simplemente en aprender nuevas maneras de resolver una diferencia, sino en generar condiciones para que esas nuevas formas de relacionamiento puedan desarrollarse y sostenerse. La construcción de paz exige no solo transformar las relaciones entre quienes han estado enfrentados, sino también fortalecer las instituciones encargadas de garantizar derechos, administrar justicia y ampliar las posibilidades de participación. La creación de mecanismos orientados al esclarecimiento de la verdad, la justicia, la reparación y la construcción de memoria evidencia que las respuestas institucionales frente al conflicto también pueden transformarse. Sin embargo, estos esfuerzos requieren continuidad y capacidad para atender las condiciones sociales, políticas y económicas que permitieron la reproducción de la violencia.

En este proceso, el Estado tiene una responsabilidad que no puede limitarse a intervenir cuando el conflicto ya se ha manifestado. También debe crear condiciones para que las comunidades puedan tramitar sus diferencias mediante vías legítimas y no violentas. Esto implica garantizar el acceso efectivo a los derechos, fortalecer los mecanismos de participación, promover una educación orientada al diálogo y la convivencia y asegurar instituciones capaces de responder a las necesidades de las personas y los territorios. Desde la perspectiva transformativa, estos cambios no son elementos externos a la construcción de paz: hacen parte de ella.

La justicia ocupa, en este sentido, un lugar fundamental. Reconstruir vínculos no significa desconocer el daño ni renunciar al esclarecimiento de responsabilidades. Por el contrario, algunos de los relatos analizados muestran que reconocer lo ocurrido puede ser una condición para avanzar hacia nuevas formas de relación. La paz, por tanto, no puede reducirse a la ausencia de confrontación. Requiere instituciones capaces de garantizar derechos, reconocer a las víctimas, establecer responsabilidades y generar condiciones para que las diferencias puedan tramitarse sin recurrir nuevamente a la violencia.

Desde esta perspectiva, las nuevas generaciones tampoco aparecen simplemente como receptoras de un pasado que deben repetir o superar. Los procesos de memoria, participación y encuentro muestran que pueden apropiarse de las experiencias heredadas y dotarlas de nuevos significados. La Comisión de la Verdad documenta, por ejemplo, formas de participación juvenil que incluyen movilizaciones, asambleas, expresiones artísticas y acciones comunitarias, lo que permite reconocer que niñas, niños, adolescentes y jóvenes también han desarrollado recursos propios para intervenir frente a las realidades de violencia que los rodean.

Así, la respuesta a la pregunta que orientó este artículo no es que las nuevas generaciones necesariamente resuelvan mejor o de manera completamente diferente los conflictos. Lo que puede observarse es que cada generación encuentra determinadas condiciones históricas desde las cuales aprende a enfrentarlos y dispone de herramientas que pueden ampliar o limitar sus posibilidades de acción. Las diferencias generacionales, por tanto, no deben entenderse como sustituciones completas, sino como procesos en los que conviven aprendizajes, permanencias y transformaciones.

Volver sobre estas historias permite, entonces, comprender que transformar un conflicto también implica transformar la manera de mirarlo. Cuando solo se reconocen las alternativas que históricamente han producido confrontación, puede parecer que no existen otras posibilidades. Sin embargo, los relatos muestran que el diálogo, la memoria, la participación, la búsqueda de verdad, la justicia y la reconstrucción de relaciones pueden abrir caminos diferentes. La transformación comienza cuando esas posibilidades pueden ser imaginadas, construidas y sostenidas por las personas, las comunidades y las instituciones.

En este sentido, la esperanza no consiste en desconocer la violencia ni en asumir que el pasado puede repararse por completo. Consiste en reconocer la capacidad de aprender de lo ocurrido y de construir respuestas distintas. Como plantea Lederach, la paz no es un estado definitivo, sino un proceso que requiere renovar continuamente las relaciones y las condiciones que permiten la convivencia. Por eso, comprender cómo distintas personas y generaciones han afrontado los conflictos no solo permite interpretar el pasado: también invita a preguntarnos qué relaciones, instituciones y prácticas necesitamos transformar para construir otras formas de convivir.

Referencias

Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición. (2022a). Cuando los pájaros no cantaban: Historias del conflicto armado en Colombia. Volumen testimonial.

Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición. (2022b). No es un mal menor: Niñas, niños y adolescentes en el conflicto armado (Hay futuro si hay verdad: Informe final, Tomo 8). Comisión de la Verdad.

Díaz-Sarmiento, C., López-Lambraño, M., & Roncallo-Lafont, P. (2017). Entendiendo las generaciones: una revisión del concepto, clasificación y características distintivas de los baby boomers, X y millennials.

Lederach, J. P. (2009). El pequeño libro de transformación de conflictos. Good Books.

Penagos Concha, V. (2016). Mujeres en resistencia. Centro Nacional de Memoria Histórica.

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