Volver al blog

Resolución de conflictos: ¿lo hacemos igual que nuestros abuelos?

Resolución de conflictos generacionales

En muchas familias colombianas estas escenas son muy comunes: una abuela que nunca se atrevió a contradecir a un adulto y una nieta que pide explicaciones de todo. ¿Quién tiene la razón? Tal vez ninguna de las dos, porque la resolución de conflictos no depende solo de la edad, sino de lo que cada generación vivió, aprendió y tuvo a su alcance. Aquí te contamos cómo han cambiado, qué se ha mantenido y cómo se han transformado las formas de afrontar los conflictos en Colombia.

Esta es la versión divulgativa de una investigación de Camila Forero, investigadora de la Fundación Liborio Mejía. Si quieres profundizar en el análisis completo, las fuentes y los testimonios, lee el artículo original aquí.

¿Qué define a una generación frente a la resolución de conflictos?

Históricamente, pensadores, grupos sociales y personas en su cotidianidad han cuestionado los cambios entre generaciones: si la ética y la moral se transforman, si unas generaciones son más correctas que otras o si a algunas las guía más la autoridad y a otras la libertad. Estas diferencias pueden adquirir un carácter generacional, pero no necesariamente se explican por la edad. Detrás de ellas hay un proceso más amplio: las personas aprenden a relacionarse dentro de sociedades que también cambian. Una generación, por tanto, no se define únicamente por el año en que nació. Las experiencias históricas que atraviesa, las formas de autoridad que conoce, las instituciones que tiene a su alcance y los acontecimientos que marcan su vida contribuyen a construir maneras particulares de comprender el mundo (Díaz-Sarmiento et al., 2017).

En sociedades atravesadas por conflictos prolongados, como Colombia, esta cuestión adquiere una dimensión particular. Frente a una historia marcada por la violencia, resulta inevitable preguntarse: ¿qué podría hacerse diferente para evitar que esta se reproduzca?, ¿qué responsabilidad tienen en ello las nuevas y las anteriores generaciones? Antes de responder estas preguntas, sin embargo, es necesario formular una cuestión más amplia: ¿las nuevas generaciones enfrentan los conflictos de una manera diferente a quienes las precedieron? Quienes vivieron directamente la violencia tuvieron que encontrar formas de sobrevivir, resistir, organizarse y proteger a sus comunidades. Algunas de estas experiencias estuvieron vinculadas con la participación política y comunitaria, la creación de espacios educativos y la construcción de redes de solidaridad; otras encontraron en el arte y en distintas formas de expresión una manera de responder a la violencia. Pero la historia no termina con quienes vivieron esos acontecimientos. Las generaciones posteriores han recibido parte de ese pasado a través de las historias familiares, los silencios, las memorias y las experiencias de sus comunidades y, al recibirlo, también han comenzado a otorgarle nuevos significados.

Este artículo parte precisamente de esa tensión entre lo que una generación recibe y lo que decide hacer con esa herencia. Más que establecer una oposición entre generaciones “violentas” y generaciones “dialogantes”, propone observar cómo las sociedades amplían y transforman los recursos con los que afrontan sus conflictos. La violencia, la organización comunitaria, la participación política, el arte, la memoria y el diálogo no son prácticas que pertenezcan exclusivamente a una generación u otra. Forman parte de un proceso histórico en el que algunas formas permanecen, otras se transforman y aparecen nuevas posibilidades para relacionarse con el conflicto.

De la obediencia a la participación: la historia de Ana

La forma en que cada generación afronta los conflictos puede comprenderse mejor cuando se reconstruyen las circunstancias históricas en las que sus integrantes crecieron. No se trata únicamente de identificar qué hicieron frente a un conflicto, sino de observar qué aprendieron, qué posibilidades encontraron a su alcance y qué condiciones sociales influyeron en sus decisiones. La historia de Ana Carolina Bohórquez permite acercarse a esta relación entre experiencia, contexto y formas de actuar.

Nacida en una familia rural en condiciones económicas y familiares difíciles, Ana creció con un padre ausente, asesinado mientras le robaban mercancía, y una madre soltera que debía hacerse cargo de varios hijos. Como hija mayor, asumió responsabilidades desde temprana edad y fue educada para dedicarse principalmente a las labores del hogar. Estas circunstancias marcaron sus primeros años y, con ellos, las formas de autoridad y comportamiento que aprendió dentro de su entorno familiar.

Ana recuerda que de niña lloraba en las noches al pensar en cómo había visto a su padre muerto, y que, a diferencia de los jóvenes de hoy, nunca se atrevía a desobedecer: bastaba con que un adulto le prohibiera algo para que el miedo la detuviera (Penagos Concha, 2016).

El testimonio permite observar una relación con la autoridad marcada por la obediencia y el temor. Sin embargo, más que interpretar esta experiencia como una característica general de las familias de su época, resulta pertinente detenerse en lo que revela sobre la posición que ocupaba la infancia dentro de esas relaciones. Ana recuerda que cuestionar una decisión adulta no era una posibilidad contemplada, la autoridad establecía los límites de lo permitido y el temor a sus consecuencias reforzaba la obediencia.

El traslado al Caquetá marcó otro momento decisivo. Ana llegó con sus hijos para dedicarse al cultivo de yuca y plátano y se encontró con un territorio caracterizado por dificultades de acceso a servicios básicos, una débil presencia estatal y una intensa actividad política y comunitaria. En este contexto, la organización colectiva adquirió un papel central. Ante la distancia que separaba a la comunidad de los centros educativos, participó en la creación de una escuela; posteriormente se vinculó a espacios políticos y comenzó a desarrollar actividades de formación con otras mujeres.

Su participación política se relacionó, además, con una transformación en la manera de comprender el papel de las mujeres dentro de la comunidad. Ana recuerda que, en el Partido Comunista y antes de la Unión Patriótica, tuvo a su cargo el trabajo con mujeres: crearon comités en todas las veredas, estudiaba a fondo cada tema antes de las charlas y ayudó a que sus compañeras entendieran que eran capaces de muchas cosas y que los derechos que reclamaban debían exigírselos al Gobierno, no a sus parejas (Penagos Concha, 2016).

La distancia entre ambos momentos de su vida resulta significativa. La niña que había aprendido a no cuestionar las decisiones de los adultos se convirtió posteriormente en una mujer que promovía la participación de otras mujeres y las animaba a reconocer su capacidad para defender sus derechos. Esta transformación no ocurrió de manera aislada, estuvo relacionada con el acceso a la educación política, su vinculación con organizaciones sociales y políticas y las experiencias colectivas que encontró en el territorio.

Esta transformación adquiere una dimensión todavía mayor cuando Ana asumió responsabilidades políticas en la Unión Patriótica y posteriormente llegó a la Alcaldía de La Montañita, Caquetá. Su trayectoria pasó de la experiencia de una niña que debía ajustarse a las decisiones de los adultos a la de una mujer que ocupaba un lugar de representación y participaba en decisiones que afectaban a su comunidad. Sin embargo, ese proceso también estuvo acompañado de amenazas, persecuciones y estigmatización, lo que demuestra que ampliar los espacios de participación no significaba que las relaciones de poder hubieran desaparecido.

Infografía: trayectoria de Ana Carolina Bohórquez, de una infancia rural marcada por la obediencia a la Alcaldía de La Montañita, Caquetá
Infografía 1: trayectoria de Ana Carolina Bohórquez, de una infancia rural marcada por la obediencia a la Alcaldía de La Montañita, Caquetá

La historia de Ana muestra, entonces, que aprender a enfrentar los conflictos también implica aprender qué puede cuestionarse, ante quién puede hacerse y qué herramientas existen para hacerlo.

Del conflicto al encuentro: verdad, perdón y reconocimiento

Los conflictos no terminan necesariamente cuando cesa la violencia. Sus efectos pueden permanecer en las relaciones, en las formas de interpretar al otro y en las posibilidades de encuentro entre quienes ocuparon posiciones enfrentadas. Desde la perspectiva de Lederach (2009), transformar un conflicto implica precisamente intervenir en esas relaciones y en las dinámicas que las sostienen, más allá de la resolución de la disputa inmediata. Los relatos recogidos por la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad permiten observar esta dimensión de la transformación: personas marcadas por experiencias de violencia encuentran, de maneras diferentes, caminos para relacionarse con lo sucedido y con quienes hicieron parte de su historia.

Uno de estos procesos puede observarse en el relato de una mujer cuya madre fue asesinada por un grupo paramilitar. Durante años, su respuesta estuvo marcada por la búsqueda de justicia y por la confrontación directa con quien reconoció haber cometido el asesinato. Su insistencia en asistir a las audiencias de Justicia y Paz, portar la fotografía de su madre y confrontar públicamente al victimario expresa una forma de resistencia que inicialmente se construye desde la denuncia y la exigencia de reconocimiento.

Sin embargo, el proceso no termina en la confrontación. Después de años de resentimiento, la narradora reconoce que llegó a sentirse “prisionera del odio, del rencor, del resentimiento” y que incluso había pensado en hacer justicia por sus propias manos (Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición [CEV], 2022a, p. 472). Lo que aparece entonces es una transformación en el plano personal: la experiencia de la violencia había modificado su manera de relacionarse con el otro y consigo misma, pero posteriormente el proceso de enfermedad, la espiritualidad y el acompañamiento que recibió contribuyeron a modificar esa posición.

El perdón, en este relato, no aparece como el resultado inmediato de una decisión ni como la negación del daño sufrido. Por el contrario, se produce después de un largo proceso en el que la búsqueda de verdad conserva un lugar central. La propia narradora afirma que para ella es fundamental que los responsables continúen esclareciendo lo ocurrido, porque “es una verdad que nos pertenece; que es nuestra, no de ellos” (CEV, 2022a, p. 472). Así, verdad y perdón no aparecen como procesos opuestos, el reconocimiento de lo sucedido constituye, para ella, una condición para avanzar hacia una forma diferente de relacionarse con aquello que ocurrió.

En otro relato de la misma obra aparece una forma distinta de transformar las consecuencias de la guerra. Allí, el encuentro con antiguos integrantes de las FARC se produce a través de la Expedición Bio, una experiencia que reunió durante varios días a excombatientes, campesinos, habitantes urbanos, integrantes de juntas de acción comunal, estudiantes y personas de diferentes condiciones sociales. Las aves funcionaron como un punto de encuentro que permitió que personas que difícilmente habrían coincidido en otros espacios compartieran actividades, conversaciones y experiencias.

Lo significativo de esta experiencia es que el acercamiento no se plantea a partir de la eliminación de las diferencias, sino de la posibilidad de relacionarse a pesar de ellas. La narradora describe cómo personas que habían estado separadas por la guerra pudieron sentarse a conversar sobre sus vidas y sobre las razones que llevaron a algunos a incorporarse a la guerrilla. En palabras del relato, la expedición permitió reunir “esas Colombias que no se juntan” (CEV, 2022a, p. 473).

Esta experiencia permite llevar la propuesta de Lederach (2009) hacia una dimensión relacional y cultural. Si las relaciones constituyen el entramado en el que se desarrolla el conflicto, generar espacios de interacción entre personas que antes se encontraban separadas por la violencia puede contribuir a modificar ese entramado. La transformación, en este caso, no ocurre mediante la resolución de una disputa puntual, sino mediante la creación de nuevas experiencias de convivencia, cooperación y reconocimiento.

Infografía: las cuatro dimensiones de la transformación de conflictos según Lederach (personal, relacional, estructural y cultural) ilustradas con relatos de la Comisión de la Verdad
Infografía 2: las cuatro dimensiones de la transformación de conflictos según Lederach (personal, relacional, estructural y cultural) ilustradas con relatos de la Comisión de la Verdad

Hay un momento particularmente revelador del relato. La narradora cuenta que visita a una mujer que había pertenecido a la guerrilla y que era menor de edad cuando ella fue secuestrada. Que ambas puedan encontrarse en un espacio cotidiano, conversar y compartir un café adquiere para ella un significado que va más allá del encuentro individual.

La escena muestra que la transformación también puede producirse en pequeños espacios de interacción cotidiana. No se trata de olvidar lo ocurrido ni de desconocer las responsabilidades, sino de generar condiciones para que las identidades construidas alrededor de la guerra no sean las únicas posibles. Esto coincide con la dimensión cultural planteada por Lederach (2009): transformar un conflicto supone también modificar narrativas, prácticas y formas de relacionamiento que han contribuido a sostener la confrontación.

Esta perspectiva resulta especialmente significativa cuando se observa cómo las experiencias del conflicto se transmiten y se resignifican con el paso del tiempo. Rojas-Granada y Vallejo-Jiménez (2025) plantean que las generaciones posteriores no deben entenderse como receptoras pasivas de las memorias heredadas, sino como sujetos capaces de producir nuevos sentidos a través de procesos narrativos y dialógicos. En esa medida, la memoria no consiste únicamente en conservar aquello que ocurrió, también puede convertirse en un espacio desde el cual las nuevas generaciones interpretan el pasado y construyen otras maneras de relacionarse con él.

¿Las nuevas generaciones resuelven mejor los conflictos?

Preguntarse si las nuevas generaciones enfrentan los conflictos de una manera diferente a quienes las precedieron no conduce necesariamente a encontrar una ruptura entre unas y otras. Los relatos analizados muestran algo más complejo: las formas de afrontar los conflictos están condicionadas por las estructuras, relaciones e instituciones disponibles en cada momento histórico, pero también pueden modificarse cuando las personas encuentran nuevas herramientas para comprenderlos y actuar sobre ellos (Lederach, 2009). Más que hablar de generaciones que sustituyen unas formas de resolución por otras, resulta pertinente observar procesos acumulativos en los que determinadas prácticas permanecen mientras otras se transforman.

En este proceso, el Estado tiene una responsabilidad que no puede limitarse a intervenir cuando el conflicto ya se ha manifestado. También debe crear condiciones para que las comunidades puedan tramitar sus diferencias mediante vías legítimas y no violentas. Esto implica garantizar el acceso efectivo a los derechos, fortalecer los mecanismos de participación, promover una educación orientada al diálogo y la convivencia y asegurar instituciones capaces de responder a las necesidades de las personas y los territorios. Desde la perspectiva transformativa, estos cambios no son elementos externos a la construcción de paz: hacen parte de ella.

¿Un desacuerdo familiar, con un vecino o por un contrato? Hablar a tiempo, con un tercero neutral, puede evitar que una diferencia se convierta en un conflicto mayor. En el Centro de Conciliación en Derecho de la Fundación Liborio Mejía te acompañamos a construir acuerdos con validez legal. Y si tu trabajo es ayudar a otros a resolver sus diferencias, puedes formarte como conciliador con nuestro diplomado virtual.

Desde esta perspectiva, las nuevas generaciones tampoco aparecen simplemente como receptoras de un pasado que deben repetir o superar. Los procesos de memoria, participación y encuentro muestran que pueden apropiarse de las experiencias heredadas y dotarlas de nuevos significados. La Comisión de la Verdad documenta, por ejemplo, formas de participación juvenil que incluyen movilizaciones, asambleas, expresiones artísticas y acciones comunitarias, lo que permite reconocer que niñas, niños, adolescentes y jóvenes también han desarrollado recursos propios para intervenir frente a las realidades de violencia que los rodean.

Gráfica: 3.049.527 niñas, niños y adolescentes desplazados entre 1985 y 2019; víctimas registradas de homicidio (64.084), desaparición forzada (28.192), reclutamiento (16.238) y secuestro (6.496)
Gráfica: 3.049.527 niñas, niños y adolescentes desplazados entre 1985 y 2019; víctimas registradas de homicidio (64.084), desaparición forzada (28.192), reclutamiento (16.238) y secuestro (6.496)

Así, la respuesta a la pregunta que orientó este artículo no es que las nuevas generaciones necesariamente resuelvan mejor o de manera completamente diferente los conflictos. Lo que puede observarse es que cada generación encuentra determinadas condiciones históricas desde las cuales aprende a enfrentarlos y dispone de herramientas que pueden ampliar o limitar sus posibilidades de acción. Las diferencias generacionales, por tanto, no deben entenderse como sustituciones completas, sino como procesos en los que conviven aprendizajes, permanencias y transformaciones.

En este sentido, la esperanza no consiste en desconocer la violencia ni en asumir que el pasado puede repararse por completo. Consiste en reconocer la capacidad de aprender de lo ocurrido y de construir respuestas distintas. Como plantea Lederach, la paz no es un estado definitivo, sino un proceso que requiere renovar continuamente las relaciones y las condiciones que permiten la convivencia. Por eso, comprender cómo distintas personas y generaciones han afrontado los conflictos no solo permite interpretar el pasado: también invita a preguntarnos qué relaciones, instituciones y prácticas necesitamos transformar para construir otras formas de convivir.

¿Quieres el análisis completo? Lee la investigación original: Cambios generacionales en resolución de conflictos.

¿Necesitas Orientación?

En FLM te acompañamos sin costo en el primer paso. Agenda tu cita.

Artículos relacionados

Resolución de conflictos: ¿lo hacemos igual que nuestros abuelos?

Cambios generacionales en resolución de conflictos

3 claves para entender el conflicto rural y urbano en Colombia

¿Primera vez?

Te orientamos sin costo. Da el primer paso hoy.