La conciliación como punto de partida
En Medellín, Antioquia, María Teresa Londoño lleva veinticinco años trabajando por su comunidad y más de quince desempeñándose como conciliadora en equidad. Desde su experiencia, ha acompañado conflictos cotidianos relacionados con deudas, problemas de convivencia y desacuerdos entre personas que, en muchas ocasiones, necesitan encontrar una solución antes de que sus diferencias lleguen a instancias mayores. En un artículo publicado por el Ministerio de Justicia y del Derecho, Londoño destaca la importancia de la conciliación como un espacio en el que las personas pueden negociar y encontrar alternativas a sus desacuerdos. Sin embargo, para que este proceso funcione, es necesario que los involucrados estén dispuestos a escuchar y ceder en ciertos aspectos. Una de las frases con las que resume su experiencia es: «Es mejor un mal acuerdo que un buen pleito» (Ministerio de Justicia y del Derecho, s. f.).
Esta afirmación invita a reflexionar sobre la manera en que nos relacionamos con los conflictos. Aunque suelen asociarse con discusiones, incomodidad y distanciamiento, las diferencias también pueden convertirse en una oportunidad para comprender otras perspectivas, reconocer necesidades y construir acuerdos. La conciliación no solo busca resolver un problema puntual entre dos personas; también puede contribuir a la convivencia comunitaria al promover formas de abordar las diferencias a través del diálogo y la negociación. Esto no significa que todas las situaciones deban terminar en un acuerdo ni que las personas tengan que ceder en aspectos fundamentales para evitar una discusión. Más bien, pone sobre la mesa una cuestión importante: ¿qué hacemos cuando aparece un desacuerdo y la posibilidad de hablar sobre él nos resulta más incómoda que guardar silencio?
Los conflictos no se presentan únicamente en los espacios formales de conciliación. También hacen parte de las relaciones de pareja, las amistades, la familia, el trabajo e incluso de la relación que construimos con nosotros mismos. En ocasiones, expresamos nuestras diferencias; en otras, preferimos callar, cambiar de tema o actuar como si nada hubiera sucedido. Pero ¿qué ocurre con nuestros conflictos cuando elegimos callar en lugar de hablar? Este artículo busca explorar esa pregunta a partir de investigaciones sobre la evitación de los conflictos interpersonales y su relación con las dinámicas de las relaciones y la salud mental. Su propósito es informativo y no pretende ofrecer terapia, establecer diagnósticos ni sustituir la orientación de profesionales especializados en psicología o resolución de conflictos.
Evitar un conflicto no siempre significa lo mismo
La evitación de los conflictos puede resultar compleja de analizar porque no responde a una única motivación. Clasificarla automáticamente como algo negativo dejaría por fuera las circunstancias y los motivos que llevan a una persona a decidir no afrontar una diferencia en determinado momento. A veces evitamos discutir porque nos preocupa lastimar a alguien, deteriorar una relación o expresar una opinión que podría ser difícil de aceptar. En otras ocasiones, una conversación puede despertar recuerdos desagradables, temor al rechazo o emociones que todavía no sabemos cómo manejar. También es posible que una persona prefiera tomar distancia temporalmente para organizar sus pensamientos, reconocer lo que siente y encontrar una manera más clara de expresar su posición.
Existen, además, situaciones en las que evitar el enfrentamiento constituye una forma de protegerse. Cuando hay violencia, intimidación o relaciones de poder desiguales, confrontar directamente a la otra persona puede representar un riesgo. En estos casos, guardar silencio o retirarse no debe interpretarse de la misma manera que evitar una conversación por temor a una diferencia cotidiana. Para comprender mejor esta diversidad, Hample y Hample (2019) estudiaron las distintas formas en que las personas evitan los conflictos interpersonales. Su investigación, basada en las experiencias reportadas por 446 participantes, identificó que la evitación puede manifestarse tanto física como mentalmente y que ambas formas pueden presentarse simultáneamente.
Esto quiere decir que evitar un conflicto no se limita a abandonar una habitación o negarse a conversar. También puede ocurrir cuando alguien permanece presente, pero deja de involucrarse mentalmente en la discusión; cuando cambia de tema, finge estar de acuerdo o intenta desviar la conversación hacia otro asunto. Los autores también encontraron que las preocupaciones por la relación y la posibilidad de experimentar violencia verbal, emocional o física pueden influir en la decisión de evitar una confrontación. Asimismo, después de evitar el conflicto, algunas personas continúan pensando en lo ocurrido y experimentan resentimiento o enojo que no llegó a expresarse durante la conversación (Hample & Hample, 2019). Estos hallazgos permiten ampliar la pregunta inicial. Más que preguntarnos por qué alguien no afronta un conflicto, resulta importante considerar qué hace para evitarlo, qué intenta proteger con esa decisión y qué consecuencias experimenta después.
Una pausa puede permitir que una persona se tranquilice antes de retomar una conversación difícil. En cambio, fingir que un problema no existe puede impedir que las partes comprendan lo sucedido. Del mismo modo, hablar abiertamente no garantiza que una discusión sea constructiva. La diferencia depende, entre otros factores, de las circunstancias, las motivaciones y la forma en que las personas se relacionan durante el desacuerdo. Sin embargo, cuando la evitación deja de ser una decisión temporal y se convierte en una manera recurrente de relacionarse con las diferencias, surge otra pregunta: ¿es posible que el intento de proteger una relación termine contribuyendo a su deterioro?
Cuando intentar evitar el conflicto puede intensificarlo
En una investigación publicada en 2015, Kuster et al. examinaron la relación entre la orientación hacia la evitación y la comunicación negativa en las relaciones de pareja. Para ello, analizaron interacciones grabadas de 365 parejas heterosexuales mientras discutían asuntos relacionados con su relación. Los resultados mostraron que una mayor orientación hacia la evitación de experiencias negativas podía relacionarse con una escalada de la comunicación negativa durante los conflictos. Es decir, las personas que procuraban evitar situaciones desagradables podían reaccionar de maneras que contribuían a prolongar o intensificar la negatividad cuando el desacuerdo aparecía (Kuster et al., 2015).
Este resultado permite considerar una contradicción que puede presentarse en las relaciones: querer evitar una discusión no necesariamente significa saber manejarla cuando ocurre. Por ejemplo, una persona puede considerar que una relación funciona bien mientras no haya desacuerdos. Cuando aparece una diferencia, puede interpretarla como una señal de que algo está fallando. En lugar de reconocerla como una situación que necesita ser abordada, puede experimentar frustración por no haber conseguido evitarla y reaccionar defensivamente ante su pareja.
En ese escenario, la intención inicial de proteger la relación puede verse acompañada de respuestas hostiles, una mayor sensibilidad frente a las conductas negativas del otro o dificultades para interrumpir una discusión que se vuelve cada vez más tensa. El conflicto deja de estar relacionado únicamente con el asunto que lo originó y puede terminar afectando la manera en que las personas se tratan durante la interacción. Lo importante de estos hallazgos es que permiten distinguir entre la intención de evitar una experiencia desagradable y la capacidad de gestionar una situación difícil. Ambas cosas no son necesariamente equivalentes.
No obstante, los resultados de Kuster et al. (2015) no significan que toda persona que evite los conflictos terminará reaccionando de manera negativa. La investigación identifica asociaciones y patrones de comportamiento, no un destino inevitable para todas las relaciones. Las circunstancias particulares, las respuestas de cada integrante y otros factores pueden influir en la evolución de un desacuerdo. Tampoco se trata de concluir que debemos hablar de todo, en cualquier momento y sin considerar las consecuencias. Hay diferencias que requieren tiempo, conversaciones que necesitan condiciones adecuadas y situaciones en las que establecer distancia es lo más prudente.
La cuestión, entonces, no consiste simplemente en elegir entre hablar o callar. También implica reconocer cuándo el silencio responde a una necesidad temporal, cuándo constituye una forma de protección y cuándo se transforma en una manera recurrente de aplazar problemas que siguen presentes. Esta distinción adquiere mayor importancia cuando dejamos de observar los conflictos como episodios aislados y empezamos a considerar su relación con el bienestar psicológico.
Los conflictos interpersonales y la salud mental
Las relaciones interpersonales forman parte de la vida cotidiana. A través de ellas compartimos experiencias, construimos vínculos y encontramos espacios de apoyo, pero también nos enfrentamos a diferencias, frustraciones y expectativas que no siempre coinciden. Por eso, los problemas que surgen en nuestras relaciones pueden ser relevantes para comprender nuestro bienestar psicológico. Iovoli et al. (2025) realizaron una revisión metaanalítica para examinar la relación entre los problemas interpersonales y diferentes dimensiones de la salud mental. Los autores integraron resultados de 66 estudios y analizaron 120 tamaños de efecto, a partir de investigaciones con poblaciones clínicas y no clínicas.
En conjunto, encontraron asociaciones entre mayores niveles de problemas interpersonales y un mayor malestar psicológico general, síntomas de depresión y ansiedad, y emociones displacenteras. También identificaron asociaciones con menores niveles de emociones placenteras y bienestar. Estos resultados permiten reconocer que las dificultades interpersonales no son relevantes únicamente para las personas que tienen un diagnóstico psicológico. Las experiencias y los problemas que surgen en las relaciones también se relacionan con el bienestar de personas que no pertenecen a una población clínica.
Sin embargo, es importante precisar qué permiten afirmar estos resultados. La revisión se basó en datos observacionales de carácter transversal, por lo que identifica asociaciones, pero no establece una relación causal directa. No es posible concluir, a partir de estos hallazgos, que los conflictos interpersonales sean necesariamente la causa del malestar psicológico. También puede ocurrir que las dificultades emocionales influyan en las relaciones o que ambos fenómenos se relacionen entre sí. Además, este estudio no demuestra que guardar silencio ante un desacuerdo produzca por sí mismo ansiedad, depresión u otros problemas de salud mental. Su aporte consiste en mostrar que las dificultades interpersonales, consideradas de manera más amplia, tienen una relación importante con distintas dimensiones del bienestar psicológico (Iovoli et al., 2025).
Al relacionar estos resultados con los estudios sobre evitación, aparece una cuestión que merece atención: si los problemas interpersonales se relacionan con nuestro bienestar, ¿qué sucede cuando evitamos abordarlos repetidamente y las situaciones que nos generan malestar permanecen sin resolver? No todas las diferencias necesitan una solución inmediata, y algunas pierden importancia con el tiempo. Sin embargo, cuando un asunto sigue afectando una relación, reaparece en distintas discusiones o genera preocupación constante, evitarlo no necesariamente significa que haya dejado de tener importancia.
En ocasiones, el silencio puede proporcionar tranquilidad momentánea, pero también puede dejar preguntas sin respuesta, necesidades sin expresar o resentimientos que continúan presentes. En otras, permite protegerse de una situación que no ofrece condiciones para un diálogo seguro. Por eso, los hallazgos sobre salud mental deben interpretarse junto con las circunstancias en las que ocurren los conflictos, sin asumir que todas las personas los experimentan de la misma manera.
La complacencia: cuando evitar el malestar implica dejar de escucharnos
Existe otra situación que permite ampliar esta reflexión: las ocasiones en las que aceptamos algo que no queremos, ocultamos nuestra inconformidad o dejamos de expresar nuestras necesidades para evitar el rechazo, una discusión o la posibilidad de decepcionar a alguien. En las relaciones cotidianas, procurar el bienestar de los demás puede ser una expresión de consideración y empatía. Escuchar, negociar y reconocer que nuestras decisiones también afectan a otras personas son aspectos importantes de la convivencia. El problema aparece cuando, de manera recurrente, intentamos evitar cualquier incomodidad a costa de ignorar lo que pensamos, sentimos o necesitamos.
En esos casos, la búsqueda de tranquilidad puede llevarnos a aceptar situaciones con las que no estamos de acuerdo, a asumir compromisos que no deseamos o a guardar silencio ante comportamientos que nos afectan. La persona puede conseguir que una conversación incómoda no ocurra en ese momento, pero esto no garantiza que desaparezcan la inconformidad o las diferencias que la motivaron. Esta reflexión puede relacionarse con los estudios de Kuster et al. (2015), en la medida en que ambos permiten distinguir entre el deseo de evitar una experiencia negativa y lo que realmente sucede durante las interacciones. No obstante, la complacencia por temor al rechazo es un tema más amplio y no debe considerarse una conclusión directa de esa investigación.
También es importante reconocer que no toda concesión implica renunciar a uno mismo. En cualquier relación existen momentos en los que necesitamos ceder, reconsiderar una posición o aceptar que la otra persona tiene una perspectiva distinta. La dificultad está en distinguir entre una decisión que tomamos libremente para llegar a un acuerdo y otra que aceptamos únicamente porque tememos las consecuencias de expresar nuestro desacuerdo. Quizá una de las ideas más difíciles de aceptar en las relaciones humanas sea que no podemos garantizar que los demás siempre estén de acuerdo con nosotros, que todas nuestras opiniones sean bien recibidas o que cada situación termine como esperamos. Las diferencias forman parte de la convivencia y, por más que intentemos anticiparlas o evitarlas, no siempre podremos impedir que aparezcan.
Intentar controlar todas las posibles reacciones de los demás puede convertirse en una expectativa difícil de sostener. Si la tranquilidad depende de que nadie se moleste, nos rechace o cuestione nuestras decisiones, cualquier desacuerdo puede sentirse como una amenaza. De esta manera, el temor a experimentar incomodidad puede terminar condicionando la forma en que nos expresamos y nos relacionamos. Aceptar que el malestar forma parte de algunas experiencias humanas no significa buscar discusiones, ignorar los sentimientos ajenos o actuar sin considerar las consecuencias de nuestras decisiones. Tampoco significa que debamos soportar relaciones que nos hacen daño. Se trata, más bien, de reconocer que la incomodidad no siempre es una señal de que algo está mal y que, en ocasiones, puede aparecer cuando defendemos una necesidad, expresamos una diferencia o reconocemos que no podemos satisfacer todas las expectativas de quienes nos rodean.
Esta perspectiva también invita a pensar en la relación que construimos con nosotros mismos. Ser fieles a nuestras convicciones no significa considerar que siempre tenemos la razón, así como reconocer las necesidades de los demás no exige abandonar las propias. La convivencia implica encontrar un equilibrio entre ambas dimensiones, aunque ese equilibrio no siempre sea sencillo de alcanzar.
Conclusión: convivir no significa estar siempre de acuerdo
Volviendo a la pregunta inicial, ¿qué ocurre con nuestros conflictos cuando elegimos callar en lugar de hablar? La respuesta no es única. El silencio puede ser una pausa necesaria, una forma de protegernos o una decisión que responde a las características de una situación particular. Sin embargo, también puede convertirse en una manera de aplazar conversaciones importantes, ocultar inconformidades o intentar conservar una relación evitando cualquier posibilidad de desacuerdo.
Los estudios revisados permiten comprender esta complejidad desde diferentes perspectivas. Hample y Hample (2019) muestran que la evitación puede manifestarse de distintas maneras y responder a motivaciones diversas. Kuster et al. (2015) evidencian que el deseo de evitar experiencias negativas puede relacionarse con una comunicación más negativa durante los conflictos de pareja. Por su parte, Iovoli et al. (2025) encuentran asociaciones relevantes entre los problemas interpersonales y distintas dimensiones de la salud mental, sin establecer que exista una relación causal directa.
En conjunto, estas investigaciones invitan a cuestionar la idea de que evitar un conflicto siempre permite conservar la tranquilidad o proteger una relación. En determinadas circunstancias, tomar distancia puede ser necesario; en otras, el problema puede permanecer y adquirir importancia con el tiempo. Lo que resulta relevante es considerar qué ocurre antes, durante y después de esa decisión, así como las condiciones en las que se desarrolla la relación. La experiencia de María Teresa Londoño también permite recordar que la convivencia requiere algo más que la ausencia de discusiones. Escuchar, negociar y reconocer las diferencias puede ayudar a encontrar alternativas sin recurrir necesariamente a enfrentamientos mayores. No obstante, llegar a acuerdos no significa que todas las partes deban renunciar a sus necesidades ni que cualquier desacuerdo deba resolverse a costa del bienestar individual.
Quizá el reto esté en comprender que no podemos construir relaciones en las que nunca exista incomodidad, pero sí podemos reflexionar sobre la manera en que respondemos cuando aparece. A veces será necesario escuchar y reconsiderar nuestra posición; otras veces, expresar una inconformidad, establecer un límite o reconocer que no estamos de acuerdo. También habrá situaciones en las que tomar distancia sea más prudente que intentar llegar a un acuerdo. Aprender a convivir no consiste en evitar todas las diferencias, sino en reconocer que estas existen y que las personas no siempre interpretan, sienten o desean lo mismo. En ese proceso, la empatía no debería entenderse como la obligación de estar de acuerdo con los demás, sino como la disposición a comprender sus perspectivas sin dejar de reconocer las propias.
De igual manera, ser fieles a nosotros mismos no implica pasar por encima de otras personas ni defender nuestras posiciones sin considerar sus consecuencias. Significa reconocer que nuestras necesidades también tienen un lugar en las relaciones y que expresarlas no garantiza la ausencia de desacuerdos, pero permite que nuestras decisiones no dependan exclusivamente del temor a incomodar o decepcionar a alguien.
Finalmente, los conflictos interpersonales no siempre tienen soluciones sencillas, y este artículo no pretende ofrecer respuestas definitivas ni sustituir el acompañamiento de profesionales especializados. Su propósito es abrir una reflexión sobre una experiencia cotidiana: las veces que callamos para conservar la tranquilidad, las razones por las que lo hacemos y las consecuencias que esa decisión puede tener.
Porque, aunque en ocasiones el silencio sea necesario, evitar una conversación no siempre significa que el conflicto haya desaparecido. Y tal vez comprender esa diferencia sea un primer paso para mirar nuestras relaciones desde una perspectiva más consciente, en la que el bienestar individual, el respeto por los límites y la convivencia con los demás no sean objetivos opuestos, sino dimensiones que merecen ser consideradas en conjunto.
Referencias
- Hample, D., & Hample, J. M. (2019). There is no away: Where do people go when they avoid an interpersonal conflict? Negotiation and Conflict Management Research, 13(4), 304–325. https://doi.org/10.1111/ncmr.12170
- Iovoli, F., Rubel, J. A., Steinbrenner, T., & Lauterbach, R. (2025). Interpersonal problems and their mental health correlates: A meta-analytic review. Journal of Clinical Psychology, 81(11), 1046–1056. https://doi.org/10.1002/jclp.70022
- Kuster, M., Bernecker, K., Backes, S., Brandstätter, V., Nussbeck, F. W., Bradbury, T. N., Martin, M., Sutter-Stickel, D., & Bodenmann, G. (2015). Avoidance orientation and the escalation of negative communication in intimate relationships. Journal of Personality and Social Psychology, 109(2), 262–275. https://doi.org/10.1037/pspi0000025
- Ministerio de Justicia y del Derecho. (s. f.). MRC María Teresa Londoño. https://www.minjusticia.gov.co/programas-co/MASC/Paginas/MRC-Maria-Teresa-Londo%C3%B1o.aspx
Camila Forero.
Investigadora – Fundación Liborio Mejía